La sala del tribunal estaba colmada, abogados, fiscales, periodistas, activistas. Todos ocupaban su lugar en una expectación densa, como si el aire mismo contuviera la respiración del país.
El caso contra Octavio Santillana había llegado a juicio.
Uno de los hombres más poderosos del círculo político-empresarial estaba por enfrentar a la justicia por crímenes que, durante años, parecían enterrados bajo lujo, influencias y miedo.
Pero no más.
David estaba sentado en la primera fila, con un traje