La noche londinense estaba húmeda, cubierta por una fina llovizna que dibujaba charcos en el asfalto. Octavio salió del edificio con pasos lentos, ajustándose el cuello del abrigo de cuero mientras se encendía otro cigarrillo. La sonrisa todavía estaba en su rostro, esa mueca de satisfacción animal que se le quedaba cada vez que su apetito más oscuro había sido saciado.
Abrió la puerta de su coche negro y se dejó caer en el asiento, exhalando el humo mientras la ciudad parecía latir con un ritm