El club vibraba con una energía oscura esa noche. Las luces rojas y doradas caían como un velo sobre los cuerpos que se movían, jadeaban y se rendían a los deseos más profundos. Las risas veladas, los gemidos contenidos y el roce de cuero y seda formaban una sinfonía que pocos podían escuchar sin perderse en ella.
En una esquina, lejos de la pista central, un hombre permanecía de pie, inmóvil, invisible para todos menos para aquellos con instinto de depredador. Octavio Santillana o como preferí