Margaret me llamó el lunes.
No a Valentino. No a los abogados. A mí.
El número era el de su teléfono personal, que yo tenía guardado desde los meses en que había sido su nuera y ella me lo había dado con la condescendencia de quien le da acceso a algo a alguien que no lo merece pero que a veces necesita ser localizado.
Vibró en mi teléfono mientras coordinaba con Carolina los últimos detalles de un contrato de importación que había estado en espera las últimas dos semanas.
Lo miré.
Lo dejé vibr