Margaret McKenzie llegó a la prisión el jueves por la tarde.
No fue con el abogado. No fue con asistente ni con chofer ni con ninguno de los apoyos que durante décadas habían sido la arquitectura invisible de cada salida de casa.
Llegó sola.
En autobús.
El autobús que paraba a dos manzanas del departamento de cuarenta metros cuadrados donde vivía desde que la mansión fue embargada y desde que Rudolph fue a la cárcel y desde que la vida que había construido ladrillo por ladrillo durante setenta