El lunes siguiente a la reunión con Margaret, abrí el portátil a las ocho de la mañana con la intención de revisar los contratos de importación que llevaban dos semanas en espera por todo lo que había pasado.
Los abrí.
Los miré.
Los cerré.
Los volví a abrir.
Dos horas después seguían exactamente igual y yo había bebido tres cafés sin saber exactamente cuándo ni en qué orden, porque el tiempo funciona de una manera específica cuando la mente está en otro sitio y el cuerpo está haciendo los movim