Lo descubrí el domingo por la mañana.
No de forma dramática. No con el tipo de revelación que uno imagina cuando piensa en estas cosas. Solo en el baño, a las seis y cuarenta de la mañana, con Valentino dormido en la habitación de al lado y los niños dormidos en las suyas y la casa todavía en el silencio específico de los domingos antes de que alguien decida que el día ha comenzado.
Dos líneas.
Me quedé mirándolas durante un tiempo que no medí.
La prueba en la mano. Las dos líneas. El ruido del