Harold McKenzie tenía setenta y tres años.
Lo supe el segundo día de investigación, cuando Carolina consiguió el primer documento de identidad real a través de su contacto en Ginebra. Foto de pasaporte. Rostro de hombre que había vivido bien: mandíbula fuerte, ojos claros, la clase de cara que no transmite amenaza de forma inmediata.
Eso era lo más peligroso de él.
No parecía un depredador.
Parecía un abuelo.
Trabajamos durante cuatro días seguidos.
Valentino trajo a su director de inteligencia