El vuelo de regreso fue en silencio.
Los gemelos durmieron durante casi toda la travesía, agotados por los últimos días de viñedos, jardines y bisabuelo de ochenta y cinco años que les había enseñado a hacer figuras con ramas de olivo.
Mía llevaba una corona de flores secas que se deshacía por momentos. No le importaba.
Luca llevaba consigo un pequeño libro que Enzo le había regalado: constelaciones del hemisferio norte, en italiano. Lo leía con la seriedad de quien descifra un tratado de paz.