Diana me llamó a las siete de la mañana.
Contesté antes del segundo tono.
—Harold quiere verme. —Su voz era uniforme, entrenada para no transmitir nada. —Esta tarde.
—¿Dónde?
—Zúrich.
Miré el reloj. Calculé.
—¿Tienes vuelo?
—Sí. Sale en tres horas.
—Entonces tienes tres horas para que hablemos tú y yo. —Hice una pausa. —Antes de que entres en ese avión.
Silencio al otro lado.
—Está bien.
Llegó al apartamento cuarenta minutos después. Traía la maleta pequeña que usaba para viajes de un día, el a