El vuelo de regreso duró dos horas y veinte minutos.
Valentino y yo viajamos en el avión privado con los asientos uno frente al otro y el espacio entre nosotros ocupado por el silencio que no habíamos decidido tener pero que estaba ahí de todas formas. Instalado como huésped que no ha sido invitado y que sin embargo ocupa el centro de la sala y hace que todo lo demás tenga que moverse para acomodarlo.
No habíamos peleado.
Eso era lo extraño.
No había discusión. No había acusaciones. No había ni