Diana dijo que sí.
No de inmediato. Me escuchó durante veinte minutos sin interrumpir, con esa capacidad suya de absorber información difícil sin que la voz se quebrara. El tipo de silencio al teléfono que tiene calidad propia, que no es vacío sino pensamiento en marcha.
Cuando terminé, hubo una pausa de diez segundos que yo no intenté llenar.
—Voy —dijo.
Solo eso. Dos sílabas. Con la firmeza específica de alguien que ha tomado una decisión y no tiene intención de revisarla.
—Diana—
—Lo escuché