El edificio había llevado el nombre McKenzie durante cuarenta años.
Cuarenta años de mármol negro en la fachada, de letras doradas sobre la puerta, de ascensores que subían hacia oficinas donde hombres con apellidos heredados tomaban decisiones sobre vidas que nunca iban a vivir.
Llegué a las ocho en punto.
Sola.
Sin Carolina. Sin Valentino. Sin Marcos ni abogados ni escolta.
Solo yo, un traje azul marino que no pedía permiso para entrar a ningún lugar, y un sobre con los documentos de transfer