Valentino estaba despierto cuando llegamos.
Estaba sentado en la sala de la villa con una copa de grappa sin tocar y la mirada fija en la puerta. Como si hubiera sabido que algo vendría esta noche con la forma de un problema.
Al ver a Diana, se puso de pie.
Sus ojos grises pasaron de mi hermana a mí. De mí a nuestras manos entrelazadas.
—¿Qué pasó?
—Siéntate. —Me dirigí al centro de la sala. —Los dos.
Diana se sentó en el borde de una silla, con la espalda recta y los hombros tensos. Valentino