La villa tenía quince habitaciones y olía a piedra vieja y a romero y a aceite de oliva calentándose en alguna cocina lejana.
Los niños encontraron el jardín en exactamente nueve minutos.
Valentino los siguió con la paciencia resignada de alguien que ha aceptado que no existe manera de controlar a dos tormentas de cuatro años sueltas en un espacio nuevo.
Enzo me invitó a caminar.
No fue exactamente una invitación.
Fue «ven», pronunciado con la cortesía específica de quien no contempla la posibi