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Los labios de Jax recorrían la piel de mi abdomen limpiando el rastro de nata que había dejado desde mis tetas hasta mi ombligo. Se lo estaba pasando de puta madre, y yo llevaba ya diez minutos en una montaña de placer. Habíamos llegado a la cama de una habitación vacía —en la que durmió Sahar —de lo más excitados, y no habíamos tardado en desnudarnos y empezar a jugar con la nata como dos niños pequeños.

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