La casa de las Palacios siempre había sido mi santuario, un lugar donde el eco de las risas y el aroma a café recién colado lograban acallar cualquier tormenta exterior. Pero esa tarde, el silencio era distinto. Mi madre, Eloísa, y mi abuela, Emilia, estaban fuera de Miami en un viaje de negocios ineludible, y su ausencia se sentía como un hueco en mi armadura. Me miré al espejo del vestidor, alisando los pliegues de mi vestido verde esmeralda. El color era vibrante, pero mis ojos reflejaban un