Valentina
El comedor de la mansión Andrews era una oda al exceso y a la frialdad. Una mesa de caoba maciza, lo suficientemente larga como para que las voces se perdieran en los extremos, estaba cubierta por un mantel de lino belga y custodiada por candelabros de plata. El aroma del faisán asado y los vinos de cosechas centenarias llenaba el aire, pero para mí, todo olía a encierro.
La cena había sido un ejercicio de resistencia. Matthew, sentado a mi derecha, actuaba como el anfitrión consumado