El crepúsculo sobre Miami tenía un color sangriento, casi tan violento como el nudo que sentía en la garganta. Estaba de pie en el balcón de mi penthouse, con un vaso de whisky en la mano, viendo cómo las luces de la ciudad empezaban a parpadear como ojos burlones. Detrás de mí, en la sala inundada de luz cálida y fragancia de orquídeas caras, estaba Maia.
Maia era la personificación de la perfección. Era dulce, leal, hermosa de una manera clásica y, sobre todo, me adoraba. Ese era el problema.