Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido del ascensor descendiendo era el único ruido que rompía el silencio entre ellos. Elena miraba fijamente los números rojos que cambiaban en la pantalla, intentando calmar el temblor de sus manos.
Había destrozado a Marcos. Lo había humillado públicamente, le había quitado su futuro y lo había dejado en la ruina. Debería sentirse eufórica, pero en su lugar, sentía una extraña mezcla de adrenalina y agotamiento. Tres años de fingir ser una esposa sumisa habían pasado factura.
—Lo hiciste bien ahí dentro —dijo la voz profunda de Damián, rompiendo sus pensamientos.
Elena se giró para mirarlo. En el espacio cerrado del ascensor, Damián Valente parecía aún más grande y peligroso. Su presencia era abrumadora, una mezcla de colonia cara y poder puro.
—Gracias por la intervención, señor Valente —dijo Elena, recuperando su compostura—. Pero no era necesario que le rompiera la muñeca. Podía manejarlo.
Damián soltó una risa baja, un sonido vibrante que Elena sintió en el pecho.
—No dudo que pudieras, señorita Lombardi. Vi cómo lo destrozaste con un par de frases. Fue... impresionante. —Damián dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal—. Pero tengo una regla: nadie toca lo que me interesa.
Elena alzó una ceja, cruzándose de brazos.
—¿Lo que le interesa? Espero que se refiera a mi capital de inversión, no a mí. Acabo de salir de un matrimonio desastroso. Lo último que busco es a otro hombre intentando controlarme.
El ascensor llegó a la planta baja con un suave ding. Las puertas se abrieron al vestíbulo de mármol del edificio, donde los empleados corrían de un lado a otro. Al ver salir a Damián y Elena juntos, el vestíbulo se quedó en silencio. Las miradas curiosas se clavaron en ellos.
—No busco controlarte, Elena —dijo Damián, usando su nombre por primera vez. Su tono cambió, volviéndose más serio, más calculador—. Busco una socia.
Caminaron hacia la salida, donde la limusina de Elena y el deportivo negro de Damián esperaban en la acera. El sol del mediodía era intenso.
—Ya somos socios —respondió ella, poniéndose las gafas de sol—. Ambos decidimos no invertir en la basura de Marcos. Eso es todo.
—No, eso no es todo. —Damián se detuvo frente a su coche y se giró hacia ella, bloqueándole el paso—. Marcos es un idiota, pero es un idiota desesperado. Ahora que sabe quién eres, no se detendrá. Intentará demandarte, difamarte en la prensa, o algo peor. Los hombres como él se vuelven peligrosos cuando están acorralados.
Elena sabía que él tenía razón. Marcos era vengativo. Y Sofía, su amante, era una víbora que haría cualquier cosa por dinero.
—Tengo abogados, señor Valente. Puedo defenderme.
—Tus abogados tardarán meses. Yo puedo ofrecerte una solución inmediata. —Damián se acercó un poco más, bajando la voz para que solo ella pudiera escucharlo—. Necesitas un escudo impenetrable. Alguien a quien Marcos tema más que a la bancarrota. Y yo... bueno, yo necesito algo también.
Elena lo miró con curiosidad. ¿Qué podría necesitar el hombre más poderoso de la ciudad de ella?
—¿Qué necesita el gran Damián Valente?
—Una esposa —soltó él sin rodeos.
Elena parpadeó, sorprendida. De todas las cosas que esperaba escuchar, esa era la última.
—¿Disculpe?
—Mi abuelo está enfermo —explicó Damián, su rostro volviéndose sombrío por un segundo—. Su último deseo es verme casado y asentado antes de morir. Si no lo hago, el consejo directivo de mi propia empresa usará mi soltería como excusa para cuestionar mi estabilidad y quitarme el control. Necesitan ver a un hombre de familia, no a un lobo solitario.
Damián la miró a los ojos, su mirada intensa atrapándola.
—Tú necesitas protección contra tu ex. Yo necesito una esposa para calmar a mi familia y asegurar mi imperio. Ambos somos ricos, ambos odiamos perder el tiempo con sentimientos inútiles. Es el negocio perfecto.
Elena analizó la propuesta. Era una locura. Acababa de divorciarse hace menos de 24 horas. Pero... al pensar en la cara de Marcos si la viera del brazo de Damián, no como una socia, sino como la Señora Valente, una sonrisa maliciosa curvó sus labios. Sería el golpe final. Nadie se atrevería a tocar a la esposa de Damián Valente.
—Un matrimonio por contrato —dijo ella lentamente—. Sin amor. Sin obligaciones conyugales reales. Solo apariencias.
—Exacto. Un año. Después nos divorciamos amistosamente y cada uno sigue su camino.
Elena miró hacia el edificio de oficinas. Podía ver la silueta de Marcos en la ventana del piso superior, mirándolos.
Si aceptaba, tendría el poder absoluto en la ciudad. Si aceptaba, Marcos nunca podría volver a humillarla.
—Tengo condiciones —dijo Elena.
—Dimelas.
—Uno: Dormimos en habitaciones separadas. Dos: Mi dinero sigue siendo mío. Y tres... quiero que me ayudes a destruir cada pequeño negocio que Marcos intente levantar en el futuro.
Damián sonrió. Esta vez, fue una sonrisa genuina, casi depredadora. Le extendió la mano.
—Trato hecho, futura esposa.
Elena estrechó su mano. Su piel era cálida y áspera, y una corriente eléctrica recorrió su brazo.
—Trato hecho.
Damián le abrió la puerta de su deportivo, ignorando al chófer de Elena.
—Sube. Vamos al registro civil. No me gusta perder el tiempo.
Elena subió al coche. Mientras el motor rugía cobrando vida, miró por el retrovisor. Sabía que su vida acababa de dar un giro de 180 grados. Ayer era una esposa despreciada. Hoy, estaba a punto de convertirse en la reina de la ciudad.
El juego apenas comenzaba.







