La intensidad con la que el silencio se había adueñado de la oficina era realmente escalofriante, y más aún por la forma en la que la mirada de Cassandra no se apartaba ni un segundo de él.
Sebastian bajó la mirada hacia la pesada carpeta negra. Sus dedos, aún temblorosos por la adrenalina y el pánico que le recorría las venas, pasaron la primera página. Las letras impresas en el grueso papel parecían burlarse de él. Empezó a leer las cláusulas, y con cada línea, sentía que el oxígeno desaparec