Antes de que Sebastian pudiera articular una sola palabra más para responderle a Jordan, el sonido estridente del timbre de la propiedad retumbó en la entrada principal. Ambos hombres se tensaron al instante.
Jordan giró la cabeza hacia el pasillo, entrecerrando los ojos con evidente desconfianza, y luego miró al magnate.
—¿Estás esperando visitas? —preguntó Jordan, acomodándose la chaqueta—. Porque si es así, o si quieres privacidad, me puedo ir en este momento.
—Ni siquiera estoy esperando