El edificio que albergaba las oficinas de C.W.B. Investments no tenía logotipos ostentosos en la fachada. Se alzaba en el distrito financiero como un monolito de cristal negro, silencioso e impenetrable.
Sebastian Westminster bajó de su coche blindado sintiendo que caminaba hacia su propia ejecución. Su abogado había intentado acompañarlo, pero él le ordenó que se quedaran en la sede de Westminster. Este no era un asunto legal; era una emboscada personal. Y él tenía que enfrentarla solo.
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