El momento había llegado. Faltaba poco para que la noche alcanzara su punto álgido, y Cassandra se encontraba de pie frente al espejo de cuerpo entero, dándose los últimos retoques. Se observaba con fijeza; a pesar de todo el desgaste emocional, lograba verse impecable, con esa elegancia fría y distante que exigía su apellido. Tomó su pequeña y lujosa bolsa de mano incrustada de pedrería y se apresuró a salir de la habitación.
Tal como había pactado horas antes con Alexander, un auto negro con