En la penumbra de aquel pasillo estrecho, el peso del hombre descansaba sobre los brazos de Cassandra. Lo sostenía con firmeza para evitar que se desplomara sobre el frío suelo, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la tela fina del traje.
—¿Te encuentras bien? —quiso saber con la respiración entrecortada, presa del nerviosismo.
Al no obtener una respuesta inmediata, y pensando que tal vez el extraño no la había comprendido, Cassandra cambió de idioma rápidamente, recurriendo al italiano par