Leonardo no estaba dispuesto a seguir esperando. La imagen de Alanna debilitada en su lecho, con la piel marcada por hematomas inexplicables, lo perseguía sin tregua. Si su familia no se tomaba en serio su estado, él lo haría.
Esa mañana, sin previo aviso, un equipo de médicos y enfermeras ingresó a la mansión, dirigidos por uno de los especialistas más reconocidos de la región. Los sirvientes se apartaron con miradas curiosas y preocupadas, mientras los pasos firmes de Leonardo resonaban en el