Leonardo llegó a la oficina de Alberto a primera hora, con la misma calma con la que asistiría a una reunión cualquiera. Pero por dentro, su sangre hervía. Sabía perfectamente de qué iba todo esto. Sabía que estaba a punto de sentarse frente al hombre que había destruido la vida de su familia, que había robado la tecnología de su padre y que, sin remordimiento alguno, ahora exigía su ayuda.
Alberto lo recibió con una sonrisa triunfante.
—Sabía que vendrías temprano. Me agrada tu actitud, Leonar