Las puertas de cristal de la oficina Sinisterra se abrieron con un sonido suave, casi ceremonioso. Miguel entró junto a su padre, quien caminaba con pasos pesados, como si el dolor aún le aplastara el pecho. Dos semanas habían pasado desde la tragedia, pero el silencio del duelo todavía se sentía en cada rincón del edificio. Alberto, aunque más sobrio que antes, no podía disimular las sombras que colgaban bajo sus ojos ni la tristeza que le arrastraba los hombros.
—Papá, lo estás haciendo bien