El murmullo de los empleados, el sonido lejano del teléfono sonando, y los pasos sobre el mármol frío apenas si lograban distraer a Alberto de su propio sopor emocional. Sentado en su oficina, con la mirada perdida en la ventana, sostenía una taza de café que hacía rato había dejado de humear. La muerte de su esposa lo había desarmado por completo, y aunque intentaba mostrarse fuerte frente a Miguel y el resto del equipo, su reflejo en el vidrio le devolvía un hombre vencido.
El golpe sutil en