La noche había caído sobre la mansión Sinisterra con un peso inusual. No era solo el silencio típico de los jardines al anochecer, ni la calma que sigue a una jornada intensa. Era una quietud distinta, como si la casa misma presintiera que algo comenzaba a resquebrajarse desde dentro. En el interior, las luces estaban encendidas, las empleadas de servicio ya habían retirado la cena y el ambiente olía a incienso suave. Todo parecía en orden.
Excepto Miguel.
Estaba sentado en uno de los sillones