El reloj marcaba las 7:12 de la mañana cuando Allison irrumpió en el comedor con su impecable atuendo de oficina, sus tacones resonando con firmeza sobre el mármol, como si cada paso fuese una declaración de autoridad. Se sentó frente a su taza de café y revisó su agenda sin mirar a nadie. A su lado, Alberto hojeaba el periódico, como cada mañana, con gesto severo y pocas ganas de conversación.
La señora Sinisterra, en cambio, permanecía en silencio. Desde que había despertado, sentía en el air