El aire del convento era espeso, como si cada ladrillo se hubiera impregnado de los gritos ahogados de quienes, alguna vez, fueron forzadas al silencio. Miguel dio un último vistazo a la madre superiora, que seguía en el suelo, temblando, con la túnica manchada y las manos juntas en súplica muda. Pero ya no le nacía compasión. Ya no quedaba espacio para el perdón.
Con paso firme, Miguel avanzó por el corredor de piedra, en dirección a la salida. A cada paso, su pecho latía con más fuerza. Respi