Miguel no tenía idea de cuántas horas llevaba conduciendo. El sol ya se había ocultado hacía rato, y las luces de la ciudad comenzaban a parpadear como testigos mudos de su desesperación. Las calles se sucedían unas tras otras, sin dirección fija, como su mente.
El volante era una extensión de su rabia. Sus manos lo sujetaban con fuerza, como si hacerlo con menos intensidad lo obligara a sentir más.
Recordaba la cara de la madre superiora, descompuesta por el miedo.
Recordaba su voz temblorosa,