El viento golpeaba suave contra las ramas de los árboles, moviéndolos con una delicadeza casi irónica para el peso que aquella noche traía consigo. La residencia Salvatore se alzaba firme, elegante, pero no fría. A diferencia de otras mansiones, esta no estaba envuelta en un silencio artificial. La calidez que se percibía en sus pasillos no venía de los muebles, ni de la decoración, sino de los que la habitaban. Leonardo y Alanna.
Eran las 7:42 p. m. cuando el timbre sonó.
La ama de llaves se a