El edificio Sinisterra rebosaba de movimiento. Se acercaba el cierre mensual y todos los departamentos estaban sumergidos en correos, presentaciones y reportes de última hora. El ritmo acelerado era la cortina perfecta para los movimientos más delicados de Alanna.
Desde su despacho, ella parecía como siempre: puntual, pulcra, dedicada. Revisaba correos con rapidez, firmaba autorizaciones, respondía con frases breves y precisas. Todo era parte de su rutina visible.
Pero esa mañana, dentro del por