El sedán negro se deslizó suavemente por la avenida, la lluvia golpeando el techo del automóvil con un ritmo constante. Alanna, sentada en el asiento trasero junto a Leonardo, miraba por la ventana, observando cómo las gotas de agua resbalaban por el cristal. El chofer, un hombre de mediana edad y rostro serio, conducía en silencio, como si fuera parte invisible de la escena. Leonardo, a su lado, revisaba unos documentos en su tableta, su expresión fría y distante, como siempre.
Alanna sabía qu