La noche había avanzado, pero el ambiente en la mansión Salvatore no era de rutina ni de calma. Tras la cena, Alanna había acompañado a su madre al jardín para que tomara un poco de aire fresco, y luego ambas volvieron al salón principal. Leonardo, sin mucho deseo, se había quedado cerca, silencioso, observando a través de los ventanales el jardín envuelto por la bruma nocturna.
La señora Sinisterra, con sus manos juntas y la espalda recta, se acercó con pasos medidos hasta donde él estaba. Su