El jardín comenzaba a oscurecerse con la llegada del atardecer. Las flores, aún abiertas, respiraban la brisa tibia de la tarde, y el leve crujir de las ramas al moverse con el viento parecía un susurro discreto entre madre e hija.
Alanna caminaba junto a su madre por el sendero de piedra que rodeaba la fuente. El ambiente, aunque tranquilo, estaba cargado de sensaciones no dichas, de recuerdos que aún dolían y de palabras que, por primera vez en años, no buscaban herir.
—Ya casi es hora de la