La mansión Salvatore estaba envuelta por la calma dorada de la tarde. Un sol suave se filtraba por las grandes cortinas de lino que colgaban en las ventanas del salón principal, mientras el aire traía el aroma de jazmines desde el jardín. Era una de esas raras jornadas en las que el mundo parecía detenerse un poco para darles espacio a los corazones cansados.
Alanna estaba sentada en uno de los sofás del salón, descalza, con una manta ligera sobre las piernas y una taza de té entre las manos. L