El amanecer se deslizó con suavidad por la ventana entreabierta. Una brisa leve agitaba las cortinas, y el silencio de la habitación solo era interrumpido por el sonido tranquilo de la respiración de Alanna.
Leonardo estaba despierto desde hacía rato. Con los ojos abiertos, fijos en el techo, inmóvil. Ella lo sentía, aunque él no se moviera. A su lado, su cuerpo no mentía: estaba tenso, rígido, y su pecho se elevaba más rápido de lo habitual.
Alanna se giró lentamente, apoyando la mejilla en su