Leonardo no preguntó más. No necesitó palabras.
Apretó a Alanna contra su pecho mientras ella seguía llorando en silencio, aferrada a él como si el mundo pudiera desplomarse en cualquier momento y él fuera su única salvación. Su mano recorría lentamente su espalda, subía hasta su nuca, se enredaba en su cabello con una ternura que solo nace de quien ama de verdad. Era como si también él sintiera el mismo miedo: ese temor silencioso de perderla, de no poder reparar lo que parecía roto.
Permaneci