El aroma del mar y del pan recién horneado se mezclaban en el aire cálido que entraba por la ventana. Afuera, Nápoles comenzaba su jornada con el bullicio típico de sus calles: el canto lejano de un acordeonista, los pasos de los transeúntes sobre el adoquín, el sonido de las olas que golpeaban suavemente el malecón.
Alanna despertó de golpe, como si una alarma invisible hubiera estallado en su interior. Se incorporó de la cama, sus ojos buscando con urgencia el reloj en la mesita de noche. Cua