El silencio de la noche caía como una losa sobre la mansión. Leonardo había llegado solo a la sala tras la partida de Alanna. No podía moverse. No quería moverse. Sus ojos seguían fijos en la puerta por la que ella se había ido hacía ya varios minutos, pero que a él le parecían horas.
Apoyó los codos en las rodillas, se llevó las manos al rostro y dejó escapar un suspiro ahogado, mezcla de frustración, culpa y miedo. Miedo, sí. No era una emoción que soliera permitirse, pero esa noche lo envolv