Armyn alzó la vista y se plantó delante de ellos con el rostro encendido de rabia y de miedo a la vez.
El frío de la noche mordía la piel, pero su furia ardía más caliente que cualquier viento.
—¡Yo no he hecho nada! —gritó, la voz reverberando entre las rocas y las siluetas de los lobos.
No hubo piedad entre las miradas que la fulminaban.
Unos cuantos la señalaban con los dedos como si fuera una ofrenda; otros, susurrando, reparaban en antiguos cuentos que hablaban de maldiciones y traiciones.