Al día siguiente
Armyn abrió los ojos de golpe. Su respiración era agitada, y por un momento no supo dónde estaba. La habitación estaba envuelta en una penumbra azulada, iluminada apenas por los rayos de sol que se filtraban entre las cortinas.
Su cuerpo dolía, pero no era dolor físico; era una mezcla de rabia y confusión. Se incorporó lentamente, y cuando giró el rostro, lo vio.
Riven, el Alfa, estaba sentado junto a la cama, con el torso desnudo, el cabello revuelto y los ojos grises fijos en