Los días en las Maldivas se convirtieron en una sucesión de postales vivientes que Mara guardaría en su memoria para siempre. Cada amanecer era distinto, pero todos tenían algo en común: la luz dorada del sol besando el mar, el sonido hipnótico de las olas rompiendo suavemente en la orilla, la brisa cálida que movía las palmeras como si estuvieran bailando una canción secreta.
Una mañana, Joaquín la despertó con un beso en la frente. Ella abrió los ojos lentamente, todavía atrapada en el sueño.