La mañana del día anterior a su cumpleaños, Maritza estaba en su habitación, mirando por la ventana con la mirada perdida en el horizonte. El sol brillaba con una luz dorada que se reflejaba en los jardines de la mansión, pero dentro de ella todo era gris. La luz entraba por los ventanales, pero no lograba calentar el frío que llevaba años instalado en su pecho. Había pasado la noche en vela, como tantas otras noches, pensando en el abuelo Félix, en los años de silencio y sumisión, en la vida q