Capítulo 34. Sonríe Melisa, nadie debe saberlo.
Esta no era una afirmación para el bebé. Era una sentencia para ella misma.
No podía quedarse allí, no cuando Sebastián podía descubrirlo, no cuando todos en la empresa comenzaban a hablar de su nueva o mejor dicho ¿vieja relación? Y menos ahora que su cuerpo ya no le pertenecía solo a ella.
Tenía que desaparecer, pero debía organizarlo a la perfección, no podía permitirse errores, ya no.
La noche cayó sin misericordia, como si el cielo se compadeciera de ella y la envolviera en sombras para oc