Adrián se detuvo entonces, como si incluso él necesitara medir el peso de lo que estaba a punto de decir. Victoria permaneció recostada, con el rostro pálido y las manos sobre la sábana. Había algo en sus ojos que él no sabía soportar: cansancio, miedo y una dignidad tan herida que cualquier palabra equivocada podía convertirse en otra forma de daño.
—Si Fernanda pone el divorcio como condición, voy a hacerle creer que acepto —dijo Adrián al fin.
Victoria no parpadeó.
—¿Hacerle creer?
—Sí.
—¿Y