El aire en la oficina de Karina se sentía denso, casi irrespirable. Era una mezcla extraña entre el aroma dulce de las orquídeas blancas que ella acababa de soltar sobre el escritorio y ese rastro metálico de antiséptico que la perseguía desde la habitación de Leo.
En cuanto la puerta se cerró tras ellos, el silencio no trajo paz; al contrario, se volvió pesado y eléctrico, como si estuviera a punto de reventarse una especie de calma que ambos necesitaban.
Karina no esperó ni un segundo. Se gir